LAS EMOCIONES ¡FUERA DE LA OFICINA!

El presidente de una empresa en la que trabajé gritó en la reunión del Comité de Dirección: “las emociones fuera de la oficina” Han pasado doce años de eso y aún recuerdo su rabia constreñida y su indignación ante la situación que realmente le incomodaba. En este cambio de siglo si algo precisamente ha supuesto una innovación en las organizaciones es la aceptación, por evidente, de que las emociones son parte de nosotros y que la razón no existe sin la emoción. Los ingentes aportes científicos de la neurociencia muestran de forma irrefutable que las emociones son parte esencial de nuestra forma de atender, entender, recordar, en definitiva, de nuestro pensar y actuar.
¿Qué estaba diciendo mi estimado jefe? Estaba hablando de su miedo a no controlar, de su miedo a no entender, de su miedo a no saber cómo responder. Parapetado tras una fachada de racionalidad, como si la razón tuviera un valor absoluto, exigía con esa frase suprimir toda referencia a los sentimientos, a las relaciones y al bienestar. Y lo hacía precisamente con una respuesta emocional. Su racionalidad, quedó al descubierto con esta frase como una defensa, un parapeto para su inseguridad. La exigencia al Comité de Dirección no hacía más que poner en evidencia su falta de confianza en sí mismo y en las personas.
A día de hoy resulta ya impensable que un líder o cualquier persona interesada en el desarrollo de personas acepte una afirmación como esa. Aunque sigue siendo un pensamiento habitual en las organizaciones y hay mucho trabajo por delante si queremos facilitar el desarrollo y bienestar de las personas. Falta “alfabetismo emocional”. En el lenguaje cotidiano confundimos sentimientos con emociones, emociones con sensaciones. Desde esta confusión difícilmente podemos comprender lo que nos ocurre. Un primer paso, por lo tanto, para desarrollar esa inteligencia emocional que nos permita tomar decisiones más acertadas, vivir con una mayor satisfacción, ser más conscientes y autónomos, mantener unas relaciones más satisfactorias, un mayor bienestar en definitiva, consiste en aprender distinciones para nombrar lo que sentimos, lo que nos ocurre, lo que notamos.
Alguien podría preguntarse “¿a mi edad tengo que aprender a nombrar lo que llevo sintiendo toda la vida? Pues probablemente sí, las distinciones nos permiten responder de una manera más adecuada, más útil a las circunstancias. Como ejemplo, para un esquiador conocer lo que es nieve dura o nieve en polvo le permite tomar decisiones más ajustadas a la situación en la que está, adaptar su técnica, sacar más partido a sus descensos y evitar accidentes. Reconocer que lo que sientes es miedo, envidia, lástima,…, te permite preguntarte a qué responde ese sentimiento y entender mucha información que de forma inconsciente tienes y que no estás aprovechando.
Sin aprender a distinguir nuestros sentimientos, nuestras sensaciones, nuestras emociones, no podemos conocernos, gestionarnos, evolucionar en función de nuestros propios valores y desafíos.
¿Cuándo empiezas?

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