¿Y ahora qué?, ¿cómo vivo yo con esto?

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¿Cómo salir adelante tras un accidente como el de Santiago de Compostela?
Después del terrible accidente del tren en Galicia las familias se irán acostumbrando a la pérdida; los participantes en el rescate y atención a los heridos tendrán grabados en sus cuerpos para siempre la experiencia; los espectadores seguiremos recordando el sobrecogimiento y la congoja de compartir su dolor y tal vez evocaremos situaciones similares que hemos vivido anteriormente. Poco a poco iremos digiriendo la situación, iremos sobreponiéndonos a ella. Muchos llevaremos para siempre en el cuerpo el shock de la noticia que se activará ante sucesos similares. Algunos de los más allegados y de los heroicos vecinos de Angrois les costará mucho, incluso muchísimo. Habrá alguien que no pueda fácilmente con ello.

¿Qué emociones aparecen en estos trágicos momentos?

Cuando ocurre una tragedia como ésta, que no esperamos, para la que no estamos preparados, todos los que nos hemos sentido afectados pasamos por un “proceso de duelo”, un proceso de asimilación de lo que ha ocurrido, en los casos de allegados, de intensidad y duración mayor y de más calado cuanto más cercano era el familiar; en el caso de los espectadores, mucho más liviano. Es un proceso multidimensional psicológico, fisiológico y social de tal magnitud que puede llevarnos a replantearnos nuestra filosofía y estilo de vida, modificar nuestro pensamiento, nuestras emociones y nuestra conducta. Poco se ha dicho, casi diríamos que se ha evitado recordar el atentado en los trenes de Madrid, pero los que lo sufrieron directamente habrán revivido su duelo, al igual que los que participamos en la ayuda a los afectados no hemos podido evitar revivir el inmenso dolor que compartimos con las familias, para siempre grabado en nuestras vidas. Hechos como éstos en los que el dolor es compartido por una numerosa comunidad dejan una huella en el sentir colectivo y supone una fuerza superior que ayuda a los afectados a superar lo ocurrido.

Hechos como éstos en los que el dolor es compartido por una numerosa comunidad dejan una huella en el sentir colectivo
La vida ya no será igual para ninguno de los implicados directamente en el accidente y cuanta más atención reciban mejor podrán reestructurar sus vidas. El trabajo de los psicólogos será esencial para favorecer la evolución natural del proceso de duelo y también el apoyo social en general que reciban los afectados y que tiene que ser específico en cada etapa para atender la emoción que en ella impera.

¿Cuáles son estas fases y cómo actuar en cada una de ellas?

Fase 1: Sorpresa / ‘Shock’ / Negación

Cuando conocemos la noticia entramos en un estado de desorientación, desconcierto y embotamiento donde la emoción predominante es la sorpresa. Una emoción que nos descoloca de carácter predominantemente físico. En un acto de defensa ante el dolor negamos lo que ocurre porque no lo podemos aceptar. Se caracteriza por conductas automáticas, improvisadas. No podemos pensar, sólo sentir el dolor. La grabación de un vecino de los primeros momentos con su voz entrecortada y agónica, de incredulidad y negación muestra bien este estupor en sus expresiones de desolación. Viendo las primeras grabaciones, por unos momentos parecía que lo estábamos soñando, que no era real.
El contacto físico es fundamental, con él sujetamos a la persona para que no caiga en el vacío, para que se sienta amarrado a la vida

Otras personas se quedan paralizadas. Veíamos a alguna persona en la vía, inmóvil, como si no estuviera en ese lugar. Otros actúan en automático, como si fuera una situación habitual, resolviendo, tomando decisiones, actuando en cooperación espontánea, improvisando recursos y soluciones. Ahí veíamos a los vecinos de Angrois rompiendo ventanas, entrando por agujeros, tapando con las mantas de sus casas los cuerpos mostrando su respeto y dignidad hacia ellos. No nos equivoquemos, sus acciones pro-activas que consideramos heroicas no les librarán del proceso de duelo. Simplemente han manifestado su solidaridad en su actuar y ayudar, y se verán más reconfortados a la hora de pasar por el proceso. En esta fase las personas asumimos la información de lo ocurrido y su duración puede variar de horas a días, y al final de ella hay una aceptación parcial que da paso a la siguiente fase. El reto de esta fase es aceptar la pérdida, la vida se ha perdido, la seguridad se ha truncado, la persona querida se ha ido.

¿Cómo podemos ayudar en esta fase? Es el momento de abrazar, de sostener, de apoyar a los heridos, a los familiares, a los participantes en el salvamento y atención, a los espectadores, a todos los que necesitan asimilar lo ocurrido, algunos de ellos personas que en la distancia han conectado con una pérdida personal en circunstancias similares. El contacto físico es fundamental, con él sujetamos a la persona para que no caiga en el vacío, para que se sienta amarrado a la vida, arropado por otras personas. La energía de este contacto físico tranquiliza, reconforta, sostiene.

Fase 2: Ira

La negación da paso a la ira, surgen todos los ¿por qué? El pensamiento adquiere predominancia sobre la emoción física de la fase anterior. Hay que buscar culpables contra los que dirigir la ira. Es una fase muy difícil de afrontar por los familiares y los implicados directamente. La energía por un tiempo paralizada en el shock se expresa más o menos abiertamente en conductas agresivas en todas direcciones. “Todo está mal”, “todo se ha gestionado mal”, “todo es criticable”, “¡tiene que haber culpables!”. Surge el enfado con uno mismo por no haber hecho algo que lo impidiera, la ira hacia los que consideramos responsables del accidente, los sentimientos de culpabilidad, de injusticia, de desamparo. Podemos sentir que nuestra seguridad y autoestima en nosotros mismos disminuye. El impacto fisiológico también será importante en los afectados directamente: insomnio, sueño no reparador, pesadillas, menos memoria, menos capacidad de concentración, menos apetito, menos capacidad para apreciar las actividades cotidianas. Al igual que la otra fase su duración puede variar de horas a meses.

La energía por un tiempo paralizada en el ‘shock’ se expresa más o menos abiertamente en conductas agresivas en todas direcciones

La respuesta adecuada es no implicarse personalmente en esta ira, lo que incrementaría y prolongaría la agresividad de todos, sino todo lo contrario, contener, templar, dosificar, ir abriendo poco a poco camino a nuevas emociones. En este caso se ha podido ver una pauta clara de dosificación y cautela en los medios informativos que han ido ayudando a digerir esta ira, no así en las tertulias de personas que sin preparación alguna en estos temas emiten juicios ideológicos buscando su propio beneficio. También es cierto que se han visto numerosas y brevísimas intervenciones de psicólogos dando pautas sobre cómo actuar en estos momentos. En situaciones como éstas necesitamos especialmente las recomendaciones e intervenciones de los especialistas para saber más sobre cómo actuar, sobre cómo ayudar a vivir la situación para facilitar el bienestar común y no actuar desde nuestros prejuicios y ocurrencias.

Fase 3: Tristeza

La ira va dando paso a la tristeza, tomamos consciencia de que nos falta nuestro ser querido, de que hemos perdido la seguridad y confianza en el día a día, de que la vida puede truncarse sin más. Es habitual que en esta emoción, las personas se debiliten, se empequeñezcan, adelgacen incluso, se retraigan hacia sí mismas y lloren su pérdida. Los sentimientos habituales son apatía, desinterés, abandono e incluso querer cambiar el estilo de vida habitual. Con esta emoción reintegramos la información y nos preparamos para afrontar un nuevo escenario que ya nunca será igual.
Un período que también puede durar desde días a meses. El duelo oficial en este caso aúna el sentir de toda la comunidad y supone una fuerza social que facilita vivir estos momentos.
Los ritos de entierro o cremación y funeral facilitan la toma de conciencia de la separación entre los vivos y los muertos. Cuando el cuerpo no se encuentra hay una mayor dificultad en procesar esta separación, de alguna forma es como si no hubiera pruebas reales de ello.

Cada persona necesita un tiempo diferente para recomponerse ante el nuevo escenario dependiendo mucho del vínculo con la persona perdida

No es el momento de animar, ni de sugerir actividades positivas, ni de decirle que no esté triste. No es el momento. Una excesiva intervención o un querer sacar a la persona de esta emoción no harán más que interferir en su tiempo de duelo y generar una discrepancia entre la persona y su entorno por el que no se verá reconfortado. Cada persona necesita un tiempo diferente para recomponerse ante el nuevo escenario dependiendo mucho del vínculo con la persona perdida, de la brusquedad de la pérdida que lo agudiza, como es este caso, y con mucha fuerza del soporte social. El reto es experimentar la tristeza y no bloquearla, dejar salir el dolor de la pérdida. Oyendo en los siguientes días a los habitantes de la zona sentíamos con ellos su intensa pena, nos contagiábamos de sus lágrimas y desconsuelo. Se nos hacía un nudo en la garganta al verlos.

Muchas personas seguirán “sintiendo la presencia” de su familiar fallecido, especialmente en momentos de somnolencia y muchas también querrán cambios radicales en su vida, bien en su casa, en su entorno, en su trabajo, en sus relaciones. No es de extrañar, su escenario de vida se ha desintegrado y necesitan construir uno nuevo.
Es el momento de escuchar al doliente no sólo en su comunicación verbal, también la no verbal, acariciando su mano, poniendo una mano en su hombro o permaneciendo en silencio a su lado. Si se abre espacio para que exprese su dolor le será más fácil salir de esta fase y pasar a la de aceptación y reintegración.

Fase 4: Aceptación

Es una fase de reorganización. Poco a poco se va afrontando la nueva situación y nos reorganizamos ante ella. El dolor no ha desaparecido pero empieza a sentirse de otra manera, más sorda, más lejana. Empieza a sentirse poco a poco una cierta paz interior, nos vamos haciendo a la idea de la pérdida y comienzan a aparecer sentimientos de cariño y pena, en vez de dolor agudo.

El vacío que deja un ser querido perdido bruscamente es especialmente irremplazable y requerirá tiempo y esfuerzo.
Las fases anteriores se revivirán una y otra vez en secuencias cada vez más cortas, y cada vez se irán aceptando con mayor tranquilidad.

La vida no será igual, el vacío que deja un ser querido perdido bruscamente es especialmente irremplazable y requerirá tiempo, esfuerzo y acompañamiento la reconstrucción de nuestro espacio vital, eso sí, con un significado diferente.
El reto será adaptarse a una vida sin nuestro ser querido. Esto supone prescindir de nuestras expectativas sobre esta persona, su apoyo y presencia. Un punto de inflexión es cuando somos capaces de mirar al pasado y recordar a la persona y la vida compartida sin un intenso dolor.

Ya no hay tanta necesidad de hablar de la pérdida. Es el momento de apoyar a los dolientes, de hablar de otras cosas, de lo cotidiano, de lo habitual. La vida, con su ritmo, se va imponiendo.

Fase 5: Esperanza

Nunca se olvidará la pérdida, pero empiezan a verse otras posibilidades en la vida. Nos sentimos abiertos a nuevos estímulos y se comienza a mirar hacia el futuro abriendo espacio a nuevas relaciones, a nuevos vínculos.
Reelaboramos lo ocurrido intentando darle un sentido y confiamos que la vida nos puede traer algo más. Buscar una misión que dé sentido a la vida es un gran estímulo.

Todos los que hemos seguido este terrible accidente pasamos por el proceso en alguna medida, y especialmente los que hemos vivido situaciones similares, todos necesitamos reintegrar también los hechos, la fragilidad de la vida y la fuerza del destino.

Aquí aparece la increíble capacidad humana de la resiliencia para superar las situaciones difíciles y el dolor emocional, e incluso salir fortalecidos de ellas. Desde la psicología positiva comprendemos mejor la naturaleza del ser humano tendente a la superación y al futuro. Las personas contamos con sólidos recursos para afrontar hechos como éstos y encontrar la fuerza para seguir viviendo que adquiere más valor cuando nos sentimos arropados por los demás. Como sociedad nuestro interés no sólo tiene que estar en poner los medios para que no ocurran accidentes similares. sino en facilitar que sus miembros puedan recorrer su proceso de duelo con el apoyo necesario en cada momento.

Publicado en El Confidencial el 3 de agosto del 2013
http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2013-08-03/como-salir-adelante-tras-un-accidente-como-el-de-santiago-de-compostela_14764/

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